Evidente el sesgo ideológico de El Espectador en su editorial “El tiempo corre en Venezuela”, del 14 de marzo pasado. Más allá de asumir una posición política desde lo informativo, el editorial se concentra en subvalorar los esfuerzos diplomáticos de la OEA y Unasur en torno a la situación en Venezuela y en ofrecer una explicación escueta de lo internacional a partir de, como dicen, “la chequera viajera de Maduro”.
Asumamos en principio que las cosas no andan bien por allá, y que eso no lo puede negar ni el propio Maduro. Pero seamos claros. La OEA, si bien se reunió a puerta cerrada para discutir la situación, no podía hacer un esfuerzo mayor. Se le olvida al editorialista que en Venezuela el chavismo (con Chávez y sin Chávez) ha ganado la mayoría de las elecciones en las que se ha enfrentado a la oposición. Muy a pesar de las denuncias de fraude (nunca comprobadas por las misiones observadoras, precisamente, de la OEA), y muy a pesar de Panamá y Estados Unidos, el gobierno de Maduro es legítimo, pues se constituyó a partir de la votación popular, como es en los países democráticos. No puede la OEA llamar a Maduro a renunciar, no puede exigir una intervención militar, no puede interferir directamente en los asuntos de Venezuela. No es que la OEA no quiera intervenir, claro que quiere, pues para eso se la inventaron los gringos. No es tampoco únicamente, como dice El Espectador, que la diplomacia de los petrodólares haya comprado la conciencia de los países cercanos al Alba (aunque sí es así), evitando cualquier sanción en la OEA. Es que simplemente no se puede hacer más que “llamar al diálogo” porque el costo político de una intervención en el país vecino dejaría muy mal parado el discurso demócrata de la OEA (EE.UU.) ante el mundo. Son tiempos de agitación, y a ningún gobierno, desde Canadá hasta Argentina, le conviene que la protesta social adquiera legitimidad política internacional en desmedro de la soberanía cuasi absoluta de los gobiernos. No me imagino a la OEA sancionando a Colombia cuando se vengan, que se vienen, los nuevos paros agrarios.
En el vecindario, como dice el editorial, las cosas fueron más fáciles para Maduro. Subestima el editorial la preocupación expresada por esa organización con respecto a cualquier amenaza externa a la soberanía venezolana. Como si no hubiera tal amenaza. Como si Venezuela no fuera la mayor reserva petrolera del mundo. Como si Estados Unidos no apoyara ONG y fundaciones golpistas en Venezuela. Como si el influyente senador McCain no hubiera pedido en el Senado aplicarle a Venezuela la estrategia que le aplicaron a Libia. Como si la oposición venezolana no estuviera entusiasmada recogiendo firmas para legitimar una posible intervención militar en el país. Qué ingenuidad tan rara la de El Espectador.
Así como es simplista explicar a Venezuela desde una conspiración de la derecha internacional, así como es simplista desconocer las demandas válidas de la oposición, es simplista llamar a las organizaciones internacionales a rebasar los principios democráticos que, al menos en el papel, les dieron vida, y más simplista desconocer los oscuros intereses de un país como EE.UU. en otro como Venezuela, y aún más explicar las decisiones de la OEA a partir de los petrodólares de Maduro.
Ojalá al menos tuviera El Espectador el coraje y la coherencia de llamar a la intervención extranjera en asuntos no menos graves que vivimos, también, aquí en Colombia.
http://www.elespectador.com/opinion/un-incoherente-llamado-injerencia-columna-481171
@CamiloAcosta2
topo_acosta@hotmail.com
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