sábado, 12 de julio de 2014

¡Sí a los memes de Pablo Escobar!




Encolerizados siguen la mayoría de colombianos con la holandesa y los australianos que hicieron el chiste de Falcao y James aspirando cocaína. Mucho se les dijo, y a ella hasta la hicieron dimitir de su cargo en la UNICEF. Todo por un simple chiste, que ella en verdad no cree que aquí todos consumamos de esa, y menos los futbolistas, pero es como molestar a los gringos por brutos, a los argentinos por creídos, o a los mexicanos por saltamuros. A mí me da risa a veces. Empero, no voy a hablar de qué tan chistoso es, ni de qué tan irrespetuoso pudo haber sonado. Es un estereotipo más, y como siempre con los estereotipos, alguna razón soterrada existe para su popularización. O no tan soterrada, en nuestro caso, que si hay producto colombiano más célebre que el café es la coca, y si hay hijo famoso de estas tierras es el Patrón, Pablito Escobar, Señor de la Cocaína. Pero de Escobar me ocupo al final, si el lector me tiene paciencia.
No hay mejor forma de saber cómo piensa un pueblo que saber de qué se ríe. Uno siempre se ríe de cosas,  o comunes, o que se salen de la normalidad: El bogotano promedio se ríe cuando razona acerca del hecho de que ni él, ni ninguno de sus paisanos, se sienta en un asiento del transporte público hasta que éste no se haya enfriado a temperatura ambiente. Esa es la risa de lo homogéneo. Pero suba usted a un costeño en un bus por la séptima, y verá que después de un rato el costeño también goza burlándose de tan extraña tradición. Esa es la risa de la heterogeneidad, de la superioridad.
Para Hobbes, reírse era un acto subversivo. Quién se ríe, se siente superior a aquello de lo que se ríe. La risa que temía Hobbes es la risa de la heterogeneidad. Porque para Hobbes no hay nada superior al Estado, al Leviatán. La risa es el desorden, lo cómico es lo criticable, y lo criticable es lo razonado. Por ello, en sus tiempos, la risa era concebida como un peligroso factor de (des)articulación, la mecha que enciende la pólvora. La racionalidad individual nos permite apercibirnos del ridículo. El ridículo lo es por cuanto quien lo percibe no se siente igual sino mejor. Quien se ríe, diría Hobbes, se siente superior al ridículo, y para hacerlo tuvo antes que razonar. No le sirve al Estado monstruoso de Hobbes la gente que piensa mucho. Pero calma, que ya vamos al punto.
Hay veces en que la risa se presenta de manera colectiva y no individual. El funcionamiento es parecido: Cada uno, antes o después del chiste, en su individualidad, razona alguna cosa de la cual concluye que es ridícula, por parecida a sí o por totalmente opuesta. Se presenta después una especie de agregado de la razón colectiva, y no falta quien suelta un chiste que ya otro tenía en la punta de la lengua. Los chistes machistas, racistas, feministas, xenófobos, etc., no son más que eso. La forma en que un grupo social, o una persona, identificándose a sí mismo por oposición al otro, pone sobre la mesa su presunta, o más bien su fingida superioridad.
Pero hay algo de lo que no se habla mucho y es que los chistes donde uno parece superior al otro son la mejor forma de que los dos estén, realmente, al mismo nivel. Me explico. En Colombia, díganme si no, uno no es amigo del otro hasta que, bajito bajito, lo ha llamado con el nombre de alguna enfermedad venérea. Bien, cuenta el filósofo esloveno, Slavoj Zizek, que cuando estaba enlistado en el ejército yugoslavo, un compañero suyo, proveniente de otro de los países eslavos, además de intelectual íntegro, se le acercó de repente y sin ningún circunloquio le fue diciendo: “Me follo a tu madre”. Zizek lo entendió de inmediato: el otro, lejos de insultarlo, le tendía un lazo de amistad difícil de rechazar. “Continúa, mientras acabo yo con tu hermana”, le dijo el filósofo. Y rieron juntos.
Es como aquí en Bogotá que uno siempre tiene un amigo al que le dicen Negro. Y es más común que a Negro le valga un pepino que así lo llamen. Se ríe cuando le dicen guaricho, chocoano, vendedor de cocada, etc. Se ríe, sí, porque eso no es racismo sino igualdad. La posibilidad de denigrar del otro por sus diferencias, en chiste, no es más que una demostración de la igualdad percibida entre ambas partes. La certeza de que el negro no se va a ofender así le digas carbón, si no que va a soltar la risa y a hablar de la pequeñez del miembro sexual de los caucásicos, eso es igualdad.  De la auténtica, no de la fingida.
Milan Kundera, escritor checo, hablaba en otros términos de los dos tipos de risas: La risa de los ángeles, aquella risa contemplativa, complacida con la perfección absoluta de la creación de Dios. Y la risa del Diablo, risa seria y certera, que percibe las imperfecciones de la creación, y, creyéndose superior a ellas, emite carcajeos burlones. La risa del diablo es la risa a la que temía Hobbes. La risa de los ángeles, en cambio, es la risa que oculta el Leviatán tras la máscara de terror que muestra ante sus súbditos. El statu quo versus la transformación. La risa del diablo versus la risa de los ángeles.
Y dice Kundera que requiere el mundo quién se ría como los ángeles, y por supuesto quién se ría como el diablo. En su obra, manifiesto anti totalitario, la risa del diablo viene a ser la forma en que los soviéticos reían de su propio régimen, deslegitimando la risa mediocre de los ángeles stalinistas.
La vida misma es tan trágica como cómica. Tan trágica como grotesca. Por eso defiendo los memes de Pablo Escobar, los defiendo porque me dan risa, me dan risa porque son ridículos, me dan risa porque expresan lo grotesco de nuestra sociedad, de nuestra historia, de nuestras vidas. Que estamos jodidos, lo estamos, pero tan jodidos como cuando Pablo, jamás.
Leí que era el colmo que los colombianos se indignaran con la holandesa y los australianos del “perico”. Leí que era el colmo que porque si a nosotros mismos, colombianos, no nos indignaban las novelas y los memes de Pablo Escobar, no podíamos esperar menos de otros pueblos del mundo. Pues bien, las narco-novelas son la risa de los ángeles, la risa de la homogeneidad, la risa seria del que espera que todo siga igual. Las narco-novelas nos cuentan la historia de nuestros antihéroes, como si de héroes se tratara. Los memes de Escobar, en cambio, son la risa del diablo, risa de progreso, risa de superioridad.
Somos superiores a nosotros mismos, así nos cueste creerlo. Porque si reímos de Escobar es porque él ya no está para impedirlo, que no me imagino lo que habría sido de todas esas páginas de Facebook si Pablo siguiera vivo.
Dejemos pues, la mojigatería, y riamos complacidos, que Pablo Escobar ya no está. Su semblante, aún, persiste en la risa oculta de los ángeles. Esos ángeles malditos, de traje y corbata, de poncho y carriel, de botas y motosierra. Pero para eso estamos todos, colombianos típicos (y holandesas y australianos), para irlo borrando con carcajadas estruendosas que nos recuerden lo terrible de nuestro pasado y nos ilusionen con la superioridad propia de los días presentes. Por alguna vaina seremos tan burlones, que si no estaríamos aún entre chapetones y criollos.

Camilo Andrés Acosta.

@CamiloAcosta2

martes, 1 de julio de 2014

Esa "tal tercera vía de Santos" NO EXISTE.

Se habla hoy en la ciudad de Cartagena de una nueva forma de hacer política, una nueva forma de manejar y regular la economía. Dicen que se llama “La Tercera Vía”, y el concepto viene de la academia. Según Anthony Giddens, el teórico que la formuló, la tercera vía es una manera de gobernar, desde el centro político y desde la economía mixta. La tercera vía surge en la academia como una reacción al neoliberalismo que se impuso como salvación ante el fracaso del Estado de Bienestar y el Estado Socialista. Este artículo pretende revisar qué tan central es este gobierno y qué tan mixta es esta economía.
Cuando se dice que alguien está en el centro político es porque, básicamente, esa persona dice no ser ni de izquierda ni de derecha. El centro político no propone sino critica. No le sirve la derecha, que considera demasiado deshumanizada, y no le sirve la izquierda, a quien la ve como el abuelo alcahueta del ciudadano perezoso. Pero lo que sí es cierto es que no hay ideología de centro, ni programas sociales de centro, ni nada que se le parezca. El reformismo, que tiende a confundirse con ser “de centro”, es un poco más claro en sus intenciones de progreso social y económico, pero hay reformistas de izquierda y de derecha.
Para analizar la postura política del presidente Santos no hay que hacer un análisis demasiado profundo, sus políticas hablan por sí solas. Santos promueve la libertad de empresa, la propiedad privada, el libre cambio (en forma de TLCs), y un Estado que en general no se involucra demasiado en los asuntos del ciudadano. Santos es entonces un liberal. Y los liberales pueden ser más o menos liberales, más o menos socialistas. Si yo fuera Uribe, de una digo que Santos está muy cercano al socialismo porque es amigo de la FAR, de Maduro y de los Castro. Pero lo cierto es que para estar cerca del socialismo hay que propugnar un modelo económico colectivista y no capitalista, como el que promueve Santos. ¿Cuándo ha hablado Santos de afectar la propiedad privada? Por más de que Fernando Londoño, en su primera columna en este medio, diga que la “terminación del latifundio” es un atentado contra la propiedad privada, eso no es cierto. La terminación del latifundio no es una política colectivista, ni mucho menos, sino un esfuerzo que debe hacer el Estado por redistribuir equitativamente las tierras. Estoy seguro de que los grandes latifundistas no se van a quedar sin propiedades, tan seguro como que esto es Colombia y aquí mandan son ellos. Este gobierno es de derecha, una derecha más liberal que la derecha totalitaria de Uribe y Londoño, pero derecha al fin y al cabo.
Pasando a lo económico, no puede ser menos cierto eso de que Colombia es una economía mixta. Cualquiera que viva aquí sabe que el que manda es el que paga. Colombia está hecha a la medida de los ricos. Y cada vez más. Cualquier país, desde Cuba hasta Estados Unidos, puede alegar en parte que tiene una economía mixta. Esto es, una economía con gran participación del sector privado, y con una regulación (más o menos) fuerte por parte del Estado. Los países escandinavos, los más desarrollados del mundo, y los más prósperos de Europa, manejan, de verdad, economías mixtas. Noruega, por ejemplo, con grandes empresas privadas, garantiza el control estatal sobre el petróleo, principal recurso del país, y así interviene prácticamente en toda la economía. En Suecia, el mercado está un poco más desregularizado, y las empresas públicas no son muchas. Sin embargo, el Estado interviene la economía cuando redistribuye cerca del 60% de los salarios de los ciudadanos a través de impuestos al ingreso. Aquí sería terrible que el Estado le quitara a uno el 60% del salario, sobre todo si es el salario mínimo, pero es tan terrible porque no podemos si quiera concebir un Estado que de verdad redistribuya los recursos, a eso no nos han acostumbrado.
Total que hay varias formas de que la economía sea, o al menos parezca, mixta. Pero en Colombia no hay ni rastros. Como ni rastros de que Santos sea de centro, si toda la vida ha gobernado con la derecha y lo sigue haciendo. Ni hablemos de sus compañeros en Cartagena: Blair, Clinton, Cardoso, Lagos; todos estandartes del neoliberalismo en sus países.
Dijimos antes que la tercera vía es una reacción al neoliberalismo. El neoliberalismo fue una reacción de derecha ante el fracaso del Estado de bienestar y los estados socialistas. Colombia no fue socialista, ni tuvo Estado de Bienestar, pero sí nos metieron el cuento del neoliberalismo. Ahora, tan vivos ellos, le ponen al neoliberalismo “Tercera Vía”, disfrazando al lobo de oveja. Lo que uno ve, en todo caso, es  que esa “tal tercera vía” de Santos, NO EXISTE.

@CamiloAcosta2 

viernes, 27 de junio de 2014

Diatriba contra la ley seca

Las medidas excepcionales que toman los gobiernos municipales y distritales del país para enfrentar la combinación terrible entre borrachos y harina no pueden menos que avergonzarnos. La colombiana es una sociedad acostumbrada al Estado, y el Estado aquí nunca ha funcionado como debe. Así, las tales medidas excepcionales solo vinieron a tomarse después de las tragedias, como la ley contra los borrachines al volante, o la tardía prohibición del porte de armas de fuego en Bogotá. Fueron necesarios en esta ciudad gris, triste, fría,  nueve muertos. Nueve personas que, un día en que la ciudad se sale del curso parco que ha seguido por siglos y se deja llevar por la euforia pseudopatriótica del fútbol, resultan muertas por un exceso en la celebración; exceso de su parte o de parte de terceros.
Uno lee el primer párrafo y parece que lo que estuviera pidiendo yo es que la ley seca la hubieran puesto desde el primer partido. No. Las medidas que había que tomar eran preventivas, informativas, casi publicitarias. Había que derrochar recursos institucionales para prevenir lo que ya se veía venir desde los felices días de la clasificación ante Chile. Más, desde los tristes días de las eliminatorias pasadas. O desde los centenares de muertos que dejó el 5- 0 en el 94. Esta nación, acostumbrada al fracaso, no iba a soportar en completo civismo un suceso de la envergadura que vivimos. Es que Colombia es puesto uno, UNO, de la FIFA. Es que Colombia termina la primera ronda con nueve puntos de nueve posibles. Es que Colombia tiene pinta (Dios me oiga) de campeón o al menos de subcampeón, y esas son palabras que en el fútbol apenas empezamos a conocer. Los nueve muertos no son casi nada ante lo que pudo haber pasado aquí, y me disculpan la insensibilidad. De todas maneras la solución no era el castigo. Sobre todo porque la mayoría de personas sí sabemos cómo controlarnos y no vamos a agredir a otro por el simple hecho de que nos arroje harina al rostro, o nos pise el dedo gordo del pie en un salto de felicidad.
Tengo dos argumentos en contra de la ley seca: El primero, que no es la labor del Estado establecer ese tipo de prohibiciones. Como estoy en desacuerdo, en general, con la prohibición a las drogas, no podría estar de acuerdo con esta ley seca. Pero estoy en desacuerdo porque creo que una de las pocas cosas que la ideología liberal le dejó a este atribulado mundo occidental es precisamente la idea de que el Estado no debe intervenir más que en asuntos donde sea totalmente imprescindible. Pero en Colombia el Estado se hace el de las gafas con DMG, los corruptos, las multinacionales, los paracos, pero se mete más de la cuenta en asuntos exclusivamente individuales: la forma de celebrar. Entiendo perfectamente el argumento de que la celebración puede volverse un asunto de Estado si lo que está en juego es la vida de los ciudadanos. Pero la vida de los ciudadanos está en juego siempre. Y me atrevo a decir que esos nueve muertos de la celebración son menos de los muertos que habría podido haber sin partido. De todas maneras se reduce el tráfico con sus accidentes y el malevaje con sus apuñalados. El día de la madre, padre, velitas, navidad, y año nuevo, son fechas tradicionalmente violentas en el país. Vamos a decretar ley seca para diciembre, ¿o qué sigue?
El segundo argumento que tengo es que la prohibición, en son de castigo, resulta siendo peor para el castigado. A mí todo este asunto se me asemeja mucho a la relación padre-hijo. Si el hijo es, como decimos, una caspa, pues el padre tendrá que castigarlo. Si el hijo sale una noche y no llega sino a los dos días, es posible que el siguiente fin de semana el padre no quiera que su hijo salga. Pero si por eso el padre va a prohibirle las salidas a su hijo durante seis meses, lo que quizás va a pasar es que la siguiente vez el hijo no va a volver en cuatro días. Obvio es solo una manera de plantearlo, pero que me parece válida para este tema. ¿Qué pasaría si Colombia pasa a la final del mundial y el gobierno decide no poner ley seca para ese día? Yo ya tengo acumuladas varias borracheras, pues. ¿O será que la ley seca es indefinida y tendremos que acudir a las tácticas de Al Capone y sus esbirros? Porque esa es otra  ¿no?, que al final de cuentas ya uno va optando por no quejarse más y mejor abastecerse de alcohol antes de cada partido, haciéndole el quite a la ley.
Lo que propongo, para finalizar esta diatriba, es que el Estado se haga el loco y muera quien tenga que morir. Así de simple. La celebración, el fútbol, son asuntos sociales más que políticos -aunque no exclusivamente, claro-, y en el ámbito social deben permanecer. Es la sociedad la que, desde esta nueva generación de Nairo y Urán como ganadores del Giro, de Pajón como la mejor bicicrosista del planeta, de los pesistas y sus brazos enormes, de Ibargüen con sus piernas, su sonrisa, sus aplausos, esta generación de Brasil 2014, debe irse acostumbrando al éxito. En los deportes, en la cultura, en la economía, en la vida. Así a veces parezca que nuestro último refugio es solo el deporte. Nos acostumbraremos, Dios mediante, si papá Estado lo permite.
@CamiloAcosta2




lunes, 14 de abril de 2014

Gatopardo: Contradicciones discursivas sobre política de drogas.

El fenómeno del microtráfico es una de las causales de conflictividad más importantes de nuestra sociedad. Concentrado en áreas urbanas, sobre todo en la periferia, afecta significativamente las condiciones de vida de las comunidades. Pero el microtráfico hace parte de un fenómeno social más complejo y mucho mejor conocido, el narcotráfico.
El Presidente Santos, desde los primeros días de su mandato, se ha pronunciado en varias ocasiones sobre la imperiosa necesidad de los países productores de drogas por encontrar soluciones estructurales. Se trataría de empezar a cambiar el paradigma prohibicionista y comenzar una progresiva regularización del negocio de las drogas, haciendo socialmente más rentables sus ganancias y ayudando a prevenir sus daños colaterales. El jueves 13 de marzo, ante la Comisión de Narcóticos de la ONU, el gobierno colombiano apoyó la propuesta de buscar alternativas diferentes a la penalización y el encarcelamiento.
La demolición de noventa y dos propiedades que funcionaban como expendio de drogas en Bogotá muestra que tal cambio de paradigma no ha ocurrido, ni ocurrirá en el futuro próximo. La guerra contra las drogas sigue. Como en los tiempos de Escobar y Gacha, pero ahora con maleantes de perfil bajo, el Estado sigue invirtiendo millones de pesos del patrimonio en capturar o dar de baja a los cada vez menos poderosos y cada vez más numerosos capos. Hay algo que está clarísimo para todo aquél que habite estas tierras, y es que la tal guerra ha sido un fracaso absoluto. Es una guerra imposible de ganar, y Santos lo sabe.
Ahora, ¿cómo se explica que, siendo consciente de la gravedad del problema, y de la aún mayor gravedad de la “solución” aplicada, el gobierno no cambie el rumbo? No es solo que EEUU no nos deje, que no nos deja. No es solo que la solución deba ser global y no solo local, aunque la premisa es cierta. La explicación es tristemente más sencilla de lo que parece. El gobierno se contradice porque, lejos de ser de izquierda, el único capital político que lo diferencia de la extrema derecha es su discurso moderado. Guardar la coherencia entre el discurso y el accionar le habría costado a Santos la relativa independencia que ha logrado ganarle al uribismo, sus electores en 2010. Santos gobierna como Uribe, pero lo que menos le conviene es parecerse a Uribe.
El Presidente es más inteligente de lo que aparenta. Se distanció de Uribe para cortarle los hilos con que éste lo quería manejar desde sus oscuros aposentos en El Ubérrimo. Pero sabía que el distanciamiento le costaría votos. Para su reelección, tendría que mostrar que es diferente y mejor que los tres candidatos de Uribe. Entonces intentó inventarse el santismo. Pero, si realmente existiera (que no existe), el santismo no sería otra cosa que el milenario arte político gatopardiano de gobernar como siempre aparentando que se gobierna diferente. Cambiarlo todo para que todo siga igual. Muchos cambios discursivos, poca gestión y resultados. Ni hablar de las casas gratis (no) entregadas, ni de las hectáreas (no) restituidas, ni de la (supuesta) mejoría económica del país, ni de los (lentísimos) avances del proceso de paz, porque no es la idea desacreditar así al Presidente- Candidato.
Los bulldozers siguen avanzando. Entre tanto, el consumidor de drogas hace una llamada para que un jíbaro motorizado le traiga la mercancía hasta la puerta de su casa.
Camilo Andrés Acosta Güete

@CamiloAcosta2

lunes, 24 de marzo de 2014

Cuando los ricos somos pobres

Hay veces en que la riqueza de las naciones puede ser el camino más expedito hacia la miseria. La durísima temporada seca que azota el sur del país ha dejado miles de animales muertos, espejos de agua totalmente secos, y una aridez desértica que no era propia de los verdes llanos orientales. Por otro lado, en el Chocó, un incendio consume miles de hectáreas de bosque nativo, una tragedia que según expertos demorará tres décadas en borrar sus huellas.
El cambio climático no es culpa del gobierno de Colombia. El gobierno de Colombia es culpable de no hacerle frente al cambio climático. Para nadie es un secreto que en Casanare se mueven muchos millones de pesos por concepto de regalías, pero tampoco es secreto que esa plata no se reinvierte, y ciudades como Yopal terminan sufriendo de falta de agua potable en una región que guarda el 47% del agua subterránea de uno de los países con más cantidad de agua en el mundo.
Se trata de olvido, de irresponsabilidad histórica, y algo más grave, de carencia absoluta de sentido estratégico. Los estudiosos de la seguridad miran con ojos cada vez más atentos el asunto del cambio climático. Es un desafío enorme al que se enfrentan los Estados del mundo, y en algunos lugares como Suecia, Dinamarca, Islandia, entre muchas islas que parecen estar cada vez más hundidas, es una amenaza en todo el sentido de la palabra. Aquí tenemos tanta agua que no importa cómo la utilicemos. Al final caerá del cielo e inundará nuestras casas. Tenemos tantos animales que no nos importa cómo mueran, al fin morirían perseguidos por cazadores furtivos y contrabandistas. Tenemos tanta selva que no sabemos cómo tumbarla y pensamos que al final las matas matas son, y como nacieron una vez, así nacerán mil veces.
Apuesto el alma a que ninguno de nuestros gobernantes han leído acerca de las “Nuevas Guerras”, que así no sean tan nuevas sí reflejan bien el porvenir de nuestras sociedades. Nos enfrentaremos por recursos naturales. O bueno, tratarán de  enfrentarse con nosotros mientras los miramos impávidos. Quienes no tienen vendrán a donde quienes sí tenemos, y veremos cómo nuestra riqueza nos lleva al sometimiento y la destrucción.
Hay tres caminos. El primero, seguir gastando tan rápido como sea posible nuestra riqueza natural, así en un futuro no seremos vistos con ojos envidiosos y avaros por las potencias del norte. El segundo, como diría Mariano Ospina Rodríguez en 1857 en una carta dirigida al General Pedro Alcántara, ministro de Colombia en Washington, anexarle de una vez y para siempre a los Estados Unidos una estrella más. No sería, como diría Ospina, el Estado colombiano en su conjunto, que de poco o nada puede servirle a EEUU, sino su inexpolorada parte sur (y de ñapa el Chocó), donde las riquezas abundan y los problemas pueden solucionarse, que sí pueden. ¿Han visto esas noticias sobre los colegios gringos donde enseñan que la Amazonía colombiana es de ellos? Pues que así sea y nos desencartamos de una vez. O el tercero, particularmente improbable, que nuestros gobernantes le paren bolas al sur, que las regalías se reinviertan, que se emprendan planes de desarrollo económico y ambiental, que se recojan las aguas lluvias para las temporadas de sequía, que se ocupe el territorio de manera sostenible y respetuosa, y que, finalmente, se entienda que lo que tenemos puede ser tanto una oportunidad como una terrible amenaza contra nosotros mismos. 



Camilo Andrés Acosta Güete
@CamiloAcosta2

lunes, 17 de marzo de 2014

¿Que se puede esperar de la alianza Polo-UP?

La semana anterior se concretó la alianza entre el Polo y la UP. Son varias las ventajas, inconvenientes, y expectativas de tal unión. En primer lugar, hay que tener claro que si se hizo la alianza fue porque la dirigencia de ambos partidos comprendió la necesidad que tenía del otro. Hacía meses el senador electo, Iván Cepeda, había llamado a la unidad de la izquierda, no siendo escuchado por las mayorías en su propio partido, el Polo.   Ahora, hay que comprender que una alianza como la que se plantea es casi un hito de la izquierda en Colombia, pues parece ser una reconciliación entre esas fuerzas políticas que hace décadas se escindieron por razón, entre otras cosas, de la cercanía o no con los procesos subversivos armados. ¿Vientos de paz?
Las ventajas que tiene la alianza: En primer lugar, por supuesto, en lo electoral, donde la sumatoria de votos entre las dos fuerzas puede impulsar la candidatura hasta al menos el tercer puesto. Además son dos mujeres y, sin decir que eso esté bien, puede ser ese un criterio de apoyo a una candidatura. Aparte de esto, ambas han manejado un discurso de defensa de lo público y de los intereses nacionales. Se han mostrado en contra de los aspectos dañinos de los TLC, y han apoyado siempre las causas sociales de estudiantes, campesinos, indígenas, entre otros muchos sectores. Esto se muestra como otra ventaja, pues en el contexto de los paros agrarios, el discurso de la izquierda tiende a materializarse en acciones que, dejémonos de vainas, la población en las ciudades comienza a comprender. Especialmente, los paros serán el momento perfecto para realizar campaña entre los inconformes, y hay que ver las votaciones de Alberto Castilla, líder campesino del Catatumbo, y ahora senador, para poder entender, en parte, la cantidad de gente que está inconforme.
Los inconvenientes también existen. En el Polo, la vicepresidencia de Aída Abella no fue unánimemente aceptada, y por ejemplo la tendencia del senador Robledo, el MOIR, había propuesto a Rodolfo Arango, candidato del Polo al Senado, como vicepresidente. Sin embargo, respetaron la elección. Aún así, esta es una muestra clara de la fragmentación total de la izquierda, y pone en duda la durabilidad de la alianza. Más cuando el vicepresidente puede, como en este país, ser simplemente ignorado de la toma de decisiones, y la representación de la UP quedarse en nada. Otro ejemplo es la Cumbre Agraria de este fin de semana, en donde se definió convocar a paro nacional. La UP está muy comprometida con el asunto, pero el silencio del Polo es total. Otro de los inconvenientes es la disputa Polo- Petro, y el eventual apoyo de Navarro Wolff al candidato Peñalosa. Son votos que le harían falta a esta alianza, así que amanecerá y veremos.
Las expectativas para la alianza serían, finalmente, que Clara López pueda hacer una gran labor en los debates que se vienen, y sus bases y las de la UP, una gran campaña en las ciudades y en las regiones.  Que el paro agrario vuelva a atraer la atención de los medios, abriendo un espacio para los discursos de izquierda. Que así, Clara López supere a Peñalosa y pase a segunda vuelta con Santos. Que Navarro recapacite al fin y la mentira de la Alianza Verde se desintegre para apoyar a López en la segunda vuelta. Suena utópico, pero si no es así, no es de otra forma.

Antieditorial para El Espectador: Un incoherente llamado a la injerencia

Evidente el sesgo ideológico de El Espectador en su editorial “El tiempo corre en Venezuela”, del 14 de marzo pasado. Más allá de asumir una posición política desde lo informativo, el editorial se concentra en subvalorar los esfuerzos diplomáticos de la OEA y Unasur en torno a la situación en Venezuela y en ofrecer una explicación escueta de lo internacional a partir de, como dicen, “la chequera viajera de Maduro”.
Asumamos en principio que las cosas no andan bien por allá, y que eso no lo puede negar ni el propio Maduro. Pero seamos claros. La OEA, si bien se reunió a puerta cerrada para discutir la situación, no podía hacer un esfuerzo mayor. Se le olvida al editorialista que en Venezuela el chavismo (con Chávez y sin Chávez) ha ganado la mayoría de las elecciones en las que se ha enfrentado a la oposición. Muy a pesar de las denuncias de fraude (nunca comprobadas por las misiones observadoras, precisamente, de la OEA), y muy a pesar de Panamá y Estados Unidos, el gobierno de Maduro es legítimo, pues se constituyó a partir de la votación popular, como es en los países democráticos. No puede la OEA llamar a Maduro a renunciar, no puede exigir una intervención militar, no puede interferir directamente en los asuntos de Venezuela. No es que la OEA no quiera intervenir, claro que quiere, pues para eso se la inventaron los gringos. No es tampoco únicamente, como dice El Espectador, que la diplomacia de los petrodólares haya comprado la conciencia de los países cercanos al Alba (aunque sí es así), evitando cualquier sanción en la OEA. Es que simplemente no se puede hacer más que “llamar al diálogo” porque el costo político de una intervención en el país vecino dejaría muy mal parado el discurso demócrata de la OEA (EE.UU.) ante el mundo. Son tiempos de agitación, y a ningún gobierno, desde Canadá hasta Argentina, le conviene que la protesta social adquiera legitimidad política internacional en desmedro de la soberanía cuasi absoluta de los gobiernos. No me imagino a la OEA sancionando a Colombia cuando se vengan, que se vienen, los nuevos paros agrarios.
En el vecindario, como dice el editorial, las cosas fueron más fáciles para Maduro. Subestima el editorial la preocupación expresada por esa organización con respecto a cualquier amenaza externa a la soberanía venezolana. Como si no hubiera tal amenaza. Como si Venezuela no fuera la mayor reserva petrolera del mundo. Como si Estados Unidos no apoyara ONG y fundaciones golpistas en Venezuela. Como si el influyente senador McCain no hubiera pedido en el Senado aplicarle a Venezuela la estrategia que le aplicaron a Libia. Como si la oposición venezolana no estuviera entusiasmada recogiendo firmas para legitimar una posible intervención militar en el país. Qué ingenuidad tan rara la de El Espectador.
Así como es simplista explicar a Venezuela desde una conspiración de la derecha internacional, así como es simplista desconocer las demandas válidas de la oposición, es simplista llamar a las organizaciones internacionales a rebasar los principios democráticos que, al menos en el papel, les dieron vida, y más simplista desconocer los oscuros intereses de un país como EE.UU. en otro como Venezuela, y aún más explicar las decisiones de la OEA a partir de los petrodólares de Maduro.
Ojalá al menos tuviera El Espectador el coraje y la coherencia de llamar a la intervención extranjera en asuntos no menos graves que vivimos, también, aquí en Colombia.


http://www.elespectador.com/opinion/un-incoherente-llamado-injerencia-columna-481171
@CamiloAcosta2
topo_acosta@hotmail.com